Stephen Heppell invita en el XI Simposio Felipe Segovia a “aprovechar la IA para aprender juntos, no cada uno por su lado”

El profesor Stephen Heppell, director de la Cátedra Felipe Segovia para la Innovación en el Aprendizaje de la Universidad Camilo José Cela, ofreció una de las ponencias centrales del XI Simposio Felipe Segovia, en la que mostró cómo escuelas y sistemas educativos de todo el mundo están experimentando con la inteligencia artificial y con nuevas formas de aprender. Visiblemente emocionado por su regreso tras un año de enfermedad, Heppell habló de esta etapa como “una especie de renacimiento personal” y definió el momento actual como “la década más emocionante para la educación” desde que empezó a enseñar en los años setenta.

El experto británico comenzó repasando ejemplos de universidades que están derribando fronteras tradicionales: grados totalmente abiertos en los que el estudiante construye su propio itinerario y lo narra al final; centros de secundaria donde los alumnos cursan materias universitarias desde los 16 años; escuelas para adultos con capacidad de otorgar títulos oficiales; o miles de estudiantes de secundaria que ya siguen programas de grado en universidades a distancia. Recordó también que muchos países europeos ofrecen hoy estudios superiores gratuitos. “Todo esto nos dice —señaló— que lo valioso no es solo el título, sino pertenecer a una comunidad de aprendizaje; estar, como sucede aquí, en una familia educativa con un propósito compartido.”

Heppell ilustró esa idea de cambio con imágenes de escuelas de distintos continentes. En Dinamarca, por ejemplo, el currículo incluye trepar a los árboles como competencia básica, bajo la premisa de que “si hay árboles en todas partes, lo peligroso es no enseñar a subir a ellos”. En otros centros, los estudiantes hacen ejercicio en redes suspendidas sobre el aula, construyen aulas con libros o aprenden física experimental con un gran tubo de caída libre en medio de la escuela. También citó investigaciones en Alemania que demuestran que los alumnos que se mueven durante la clase —en aulas zonificadas, con espacios para cambiar de actividad y pupitres de pie— mantienen mejor la atención que quienes pasan el día sentados.

El profesor insistió en que no existe una única manera correcta de organizar la escuela, pero sí patrones que se repiten en los proyectos más innovadores: movimiento, juego, apertura al entorno y transparencia. Mostró el ejemplo de una “beach school” en la costa británica, donde niños de cuatro años realizan proyectos de ciencia ambiental con lupas, sensores y cubos de playa, guiados por pescadores jubilados de más de 80 años. “Lo fascinante —explicó— es ver cómo los extremos de la vida, los más pequeños y los más mayores, se encuentran en un mismo proyecto de aprendizaje.”

Al abordar la inteligencia artificial, Heppell criticó la visión reducida que la presenta solo como una herramienta para personalizar tareas individuales. “La retórica habla de aprendizaje individualizado, pero los docentes sabemos que aprender va de lo que hacemos juntos”, subrayó. Para demostrarlo, mostró cómo una IA generativa puede diseñar un proyecto colaborativo para niños de cuatro años —con distintos perfiles y fortalezas— que trabajan sobre los romanos, con actividades diferenciadas y una presentación final conjunta ante un “Senado” o un “emperador” imaginario. “Lo importante no es que cada uno reciba una ficha distinta, sino que la IA nos ayude a crear equipos bien equilibrados y experiencias divertidas”, apuntó.

Heppell compartió también ejemplos del uso de la IA para ofrecer feedback de calidad al alumnado. A partir de un texto manuscrito de su nieta de nueve años, la herramienta fue capaz de devolver comentarios detallados, sugerencias de mejora respetando su voz y un mensaje final especialmente motivador: “He leído millones de trabajos de niños; el tuyo está bastante bien”. “Imaginad lo que significa eso para una niña de nueve años”, comentó. Subrayó, no obstante, que “seguimos necesitando al profesor, al aula y al cuaderno”: la IA no sustituye la mirada humana, sino que amplifica la capacidad de acompañar y cuidar los procesos de aprendizaje.

Otro ejemplo que presentó fue el uso de la IA para reconectar con la lectura: el sistema puede adoptar la personalidad de un personaje literario, recordar todo su recorrido en la historia y mantener una conversación con el estudiante en cualquier idioma. “Es una manera maravillosa de seducir de nuevo a los niños hacia la literatura”, afirmó. En el ámbito científico, mostró cómo, con una simple instrucción, la IA puede generar actividades de física para estudiantes de 12 años, con versiones adaptadas a diferentes lenguas —como el somalí— y con corrección automatizada de las respuestas.

En la parte final de su intervención, Heppell recordó que la Institución Educativa SEK ya ha sido pionera en muchas transformaciones: desde proyectos de “brain food” sobre la relación entre dieta y comportamiento, hasta los primeros maker spaces en España —donde alumnos construyeron una bobina de Tesla que llegó a fundir los móviles del público en la primera demostración—, pasando por espacios de aprendizaje diseñados por los propios estudiantes o programas de aprendizaje al aire libre. “SEK ha destacado siempre por hacer lo que otros aún no se atrevían a hacer. Con la IA debemos ser igual de valientes”, afirmó.

Para cerrar, el profesor compartió un ejercicio realizado con otra herramienta de IA que analizó las actas de consejos escolares de distintos países para identificar los temas que más importan a los estudiantes. “No eran las notas, ni las tasas, ni siquiera la seguridad”, reveló. “En el centro de sus preocupaciones aparecía una palabra: pertenencia.” A partir de ahí lanzó su mensaje final: “Vamos a aprovechar la IA a nuestra manera: no para aislarnos, sino para reforzar la colaboración, el sentido de comunidad y la pertenencia. Ese es el futuro del aprendizaje, y vosotros estáis en una posición privilegiada para liderarlo”.